martes, 19 de mayo de 2026

Connery, Patinkin y 300 gallegos

    Montoya, aparte de rimar con pilila, es un apellido español bien conocido fuera de nuestras fronteras, aunque allí no le pillan la rima. Puede que los dos Montoyas más famosos de la historia reciente hayan sido Juan Pablo Montoya, natural de Bogotá, e Íñigo Montoya, aborigen de un pueblo español en una zona más o menos montañosa y que no es Toledo. Sí, claro, me refiero al Íñigo Montoya de "La princesa prometida", que no sólo es uno de los dos grandísimos espadachines españoles (o así, luego veremos) del cine de los 80, sino que le ha dado nombre a un guíaburros para escribir corredos electrónicos: el Método Montoya que se basa en su más famosa frase en la pinícula, a la sazón:

"Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir"

    El tío no era de Toledo, según la novela era catalán de cerca de Montserrat (catalán.... Montoya...), pero podría ser de Burgos perfectamente. En trece palabras te saluda, se presenta, te cuenta la historia que centra su interés y te informa de lo que va a hacer a continuación.    

          Juan Sánchez Villalobos, de la Wiki         

    Como decía, Montoya salía en "La princesa prometida", piniculón de Rob Reiner de 1987, pero es que un año antes había aparecido otro espadachín español (o así) en la conocida, pero mucho pedor flim, "Los inmortales". En ella, el tito Sean da vida a un inmortal de origen egipcio, pero que se nos presenta en forma de caballero español del s. XVI. Su nombre completo es Juan Sánchez Villalobos Ramírez y nos dice que es responsable de armas de Carlos IyV. Ná menos. Como recordaréis, Ramírez se presenta en las Highlands para entrenar al pasmarote de Lambert, que hace de escocés del clan Mcleod. Bueno, en realidad hace de exmiembro del clan McLeod porque lo han expulsado del clan, que parece tener su base en un muy fotogénico castillo situado en la costa oeste de Escocia, el famosérrimo castillo de Eilean Donan.

    En la peli, el castillo luce tan precioso como ahora mismo, aunque ese estado es relativamente reciente. No es un decorado, pero casi. Antes de 1912 no era más que un montón de piedras y pocos muros en un estado ruinoso. Se reconstruyó entre 1912 y 1932, pero ¿qué lo llevó al estado de ruinas? Pues nada menos que un montón de barriles de pólvora española. ¿¡Comor!? ¿Nos estás diciendo, gran Panoly, que los españoles, miserables, se allegaron hasta el norte de Escocia y les volaron el castillo a los McKenzie y a los McRae (que eran los verdaderos dueños del castillo, no los McLeod)? Pues no, no exactamente. La cosa es un poco más complicada, pero ya os adelanto que los que se cargaron el castillo fueron los de siempre...


Alberoni y los Jacobitas

    Utrecht, abril de 1713, se firma el tratado que pondría fin a la guerra de sucesión española, aunque entre flecos, anexos, dimes, diretes, ponte bien y estate quieta, la cosa no se pudo dar por definitiva (¡jas!) hasta 1715. Para esas fechas, un tal Giulio Alberoni ya llevaba un tiempo haciendo de las suyas por España, donde había llegado de la mano de Luis José de Borbón, primo lejano (como Balki y Larry) de Felipe V. Al lío, que lo nuestro tiene que apuntar hacia Escocia de alguna manera cuanto antes. El tal Alberoni, que no os he dicho que a esas alturas ya era cardenal, tuvo la genial idea de dar polculo importunar a los ingleses allá donde se pudiera que, aunque él era italiano, era cosa fácil en la que convencer a un español como el rey Felipe V. ¡Ah! no, espera... bueno, es igual que fuera español o francés, el caso es que lo convenció para montar una nueva empresa de Inglaterra e ir a invadirlos. 

    La excusa era fácil de encontrar: aprovechando una de las revueltas jacobitas que se producían cada poco en Escocia, don Giulio convenció al rey de apoyar a los jacobitas, que negaban la legitimidad de los reyes de Escocia que no fueran herederos de la línea de Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia. La historia inglesa de esa época es un carajal de cohone, así que no nos vamos a meter. Como tampoco debió hacerlo el cardenal italiano ese...

    Por dar un mínimo de contexto: érase una vez un aristócrata irlandés de nombre James Butler, que acabaría siendo 2º Duque de Ormonde sucediendo a su abuelo, también llamado James Butler (por ahorrar en cartelitos se saltaron al padre del 2º e hijo del 1º, que se llamaba Thomas, yatusabe). Bueno, pues el Butler que nos interesa era anglicano, sorprendentemente, y lo fue toda su vida, pero era un rancio Tory y, cuando el parlamento inglés defenestró a Jacobo IIyVII (de Inglaterra y Escocia respectivamente) en medio de una revolución de los protestantes contra un rey católico, James Butler (a partir de aquí simplemente Ormonde) empezó a mirar con ojitos a los jacobitas, que defendían la ilegitimidad de la nueva línea dinástica. ¿Por qué lo hizo? Pues porque la reina María II y su marido Guillermo III favorecían a los Whigs frente a los Tories. Nos quedamos con esto: un duque irlandés cabreao con la nueva línea dinástica inglesa y deseoso de apoyar a los Estuardo.

    Nos volvemos a finales de 1718. Ormonde entra de incógnito en España por los Pirineos y se dirige hacia Madrid; el 17 de diciembre llega a Alcalá de Henares y, desde allí, confirma su llegada por carta a Alberoni. 

         Imagen de la Wiki de la cabeza de Carlos XII de Suecia        
con el agujero del mosquetazo.
 
   Pero, queridos ninios, esta historia está quedando demasiado simple. Os había hurtado la existencia de una tercera pata en este banco pro-jacobita: el rey de Suecia, a la sazón Carlos XII, que también tenía intereses contra los ingleses. En los años anteriores a 1718, Carlos XII y Jorge I de Inglaterra andaban a la gresca por temas territoriales, comerciales y pollás típicas de reyes. La acción contra Inglaterra se había acordado con una aportación nada despreciable de hasta 10.000 soldados suecos, peeeeeeero justo cuando Ormonde estaba aposentando sus reales en Madrid, a Carlos XII de Suecia le pasaban otras cosas más intensas por la cabeza. En concreto, una bala de mosquete o similar que le atravesó el cráneo de oreja a oreja mientras estaba el hombre en las trincheras asediando la fortaleza de Fredriksten en su intento de invadir Noruega. No nos hemos metido mucho en el lado sueco de la historia porque al final no intervinieron, como veréis, pero sí interesa decir que es posible, incluso probable, que el mosquetazo que acabó con la vida (ah, sí, no os lo había dicho: murió en el acto) de Carlos XII partiera de sus propias filas. Al poco del real óbito, el principal consejero de Carlos XII y defensor de la participación de Suecia en el temita que nos ocupa, el barón Görtz, fue detenido, juzgado y decapitado en cuestión de semanas. Y hasta aquí el paréntesis sueco. Volvemos con lo nuestro, que ya están tardando en aparecer los 300 gallegos. Ah, sólo una cosa más, la sombra del espionaje inglés en la muerte del rey y el barón larga es.

    A finales de enero de 1719, tanto Alberoni como Ormonde conocen la muerte de Carlos XII y tienen la seguridad de que Suecia no va a participar en la empresa. Tras un breve periodo de dudas, deciden seguir adelante de todos modos, lo que nos lleva a...


La gran expedición projacobita


   Ya sin la participación sueca, la expedición principal iba a ser liderada por Ormonde y salió desde Cádiz (ojo, sin Ormonde, que estaba en La Coruña y se uniría desde allí) el 7 de marzo. No está muy clara la exacta composición de la flota, hay informes contradictorios de la inteligencia francesa e inglesa (sí, los ingleses tenían bastante información de lo  que se les venía encima), pero la cosa era más o menos así:

  • 5.000 soldados (4.000 de infantería y 1.000 de caballería)
  • 300 caballos
  • 10 cañones de campaña
  • 1.000 barriles de pólvora
  • 15.000 mosquetes 

    Todo ello embarcado en unas 40 naves de transporte escoltadas por 7 u 8 barcos de guerra.

    ¿Qué nos falta? Gran empresa, respetable flota, destino Inglaterra... exacto, nos falta la gran tormenta. Dicho y hecho; en la madrugada del 29 de marzo de 1719, a unas 50 leguas (unas 150 millas nauticas, o 275 km) al oeste de Finisterre se dieron de bruces con tremenda tormenta que duró tres días. La flota se dispersó, algunos barcos fueron completamente desarbolados, buena parte de la carga, incluidos los cuadrúpedos, fue arrojada por la borda, y el desastre fue tan completo que los barcos se volvieron como pudieron a distintos puertos de Galicia, Portugal y Cádiz, y la expedición tuvo que ser cancelada. Fin de la historia, ¿no? Pues no. No, no, no, no...

Aquí vamos a poner un pequeño paréntesis. La fuente principal de este artículo es "The Jacobite attempt of 1719", de la Scottish History Society (1895), que recoge la correspondencia entre Ormonde y Alberoni, así como algunas otras cosillas relacionadas con el asunto, recopiladas por un tal William Kirk Dickson. Adicionalmente, he buscado información en la siempre útil Historia de la Armada de Cesáreo Fernández Duro y, obviamente, en artículos y revistas varios, de los que he encontrado muchos más de lo esperado, por cierto. El problema es que la relación difiere, y mucho, entre fuentes. Según algunas, se da por hecho que la flota salió completa y cargada desde Cádiz y se enfrentó a la tormenta en Finisterre. Según otras, salió de Cádiz y pasó por Vigo, La Coruña, Santander y Pasajes, antes de la tormenta. Fernández Duro dice que el Jefe de Escuadra, D. Baltasar de Guevara, salió con parte de la flota desde Cádiz y luego se le fueron uniendo naves, soldados y armas para los rebeldes. Sea como fuere, todas las versiones coinciden en que la tormenta les pilló en Finisterre. Parece claro que alguna escala hicieron y embarcaron personal y provisiones. Lo que sí es seguro es que Ormonde no llegó a embarcar y en sus cartas del mes de marzo tanto a Alberoni como a su rey, se iba poniendo cada vez más nervioso ante la ausencia de noticias sobre la llegada de la flota. Ormonde se movió por España más que los baules de la Piquer, cosa que sabemos por el origen de cada una de sus cartas (208 en total). Estuvo en La Coruña hasta el 30 de abril, aunque fue informado del desastre el día 9, cuando cinco barcos llegaron a La Coruña hechos polvo.


La pequeña expedición projacobita

    Hasta ahora hemos hablado de una nada despreciable operación con destino Inglaterra. Creo que podríamos decir que la tormenta la detuvo... por fortuna, porque los ingleses tenían pleno conocimiento de lo que se estaba cocinando a pesar de los intentos de ocultarlo. De haber llegado a Inglaterra, el resultado seguramente habría sido manifiestamente mejorable. O no, vete tú a saber... Pero  el caso es que la flota de Guevara, con o sin Ormonde, no iba a ser la única. No, qué va, en la otra punta de España se estaba organizando otra expedición, mucho más pequeña, más quirúrgica, más selecta.

    Y, precisamente, esa es la que nos ocupa, aquí siempre hemos sido admiradores de lo quirúrgico.

    Nicolás de Castro y Bolaño era un militar de rancio abolengo que, no se sabe muy bien por qué, es citado como Pedro de Castro en la mayoría de la documentación que hay del temita, entre otros, nuestro libro base que ya os he mencionado. Para más lío, en algunos sitios aparece el regimiento como el "Don Pedro de Castro's regiment of foot"... comandado por Nicolás Bolaño. Un follón. Fuera Pedro o fuera Nicolás, el tío era un militar de prestigio, a la sazón Tcol. o Col., tampoco se sabe muy bien, al mando del Regimiento Galicia. Es muy probable que de ese regimiento fueran la mayor parte de las tropas embarcadas en la flota de Guevara, pero no todo el regimiento se fue con Guevara... un selecto grupo de 288 infantes (doce de cada una de las 24 compañías), a los que se sumaban el propio de Castro, 6 capitanes, 6 tenientes y 6 alféreces, más algunos auxiliares tipo tambores y tal, hasta sumar 307 paisanos, formaron una expedición "B" que tenía dos misiones principales: servir de distracción a la expedición principal y soliviantar a los montarazes "highlanders" de los clanes escoceses que iban a apoyarlos masivamente. 

   
      El castillo de Dunnottar, sede de los Keith,         
 poco antes de los hechos (de la Wiki).

De Castro era el líder del contingente español, pero no de la expedición en su conjunto. Esa función recaía, por consejo de Ormonde, en George Keith, un jovenzuelo de unos 25 años que a la sazón era Earl Marischal (título nobiliario creado ex profeso para el clan Keith, que tenía como base uno de los castillos más espectaculares de Escocia, en el s.XII). Aparte de este Keith y de Ormonde hay otros dos anglos que tenemos que tener en mente: el hermano del Earl, James (que acabaría dando más vueltas que un trompo, ya os comentaré) y el Marqués de Tullibardine, lugar ahora famoso por su destilería. No digo más.

   El Earlde Castro, y los 306 cuates restantes se concentraron en Pasajes por ser éste un puerto más discreto y en el que poder pasar medio desapercibidos, y de allí partieron en dos fragatas el 8 de marzo, casi a la vez que el contingente principal desde Cádiz. 

    Por cierto, recordaréis quién era de Pasajes, ¿no? Igual andaba por allí de permiso entre batalla y batalla antes de tirar para América y se cruzó con De Castro en el txoko o algo, quién sabe...

    El Keith pequeño no salió con su hermano desde Pasajes, sino que se recorrió media Francia, pasó por París, le vieron todos los espías al servicio de Inglaterra, le dio tiempo (era joven, pero nada tonto) a darse cuen de que entre los Jacobitas había facciones y que aquello podía acabar como el rosario de la Aurora...

    Él y Tullibardine llegaron a Escocia, en concreto a la Isla de Lewis en las Hébridas Exteriores, el 4 de abril. Allí se encontraron las dos fragatas españolas fondeadas frente a Stornoway con los gallegos aún a bordo. Keith Pequeño se fue rápidamente a ver al Earl para advertirle de lo que había percibido en París. Aun así, Earl decidió desembarcar en las Highlands tan pronto como fuera posible, con la intención de marchar hacia Inverness dando tiempo a que llegara Ormonde que, como Vds. saben pero ellos no, en esos días estaba justo enterándose del desastre de la flota y asumiendo que no habría expedición.

    Y aquí, queridos ninios, nos encontramos a los 307 a tomar polculo relativamente lejos de sus casas, con unos cuantos escoceses exaltados por mandos y, pronto veremos, con los ingleses al acecho. ¿Qué podría salir mal? Pues todo, claro. Todo. Eso sí, formaban el último contingente extranjero "oficial" que libraría una batalla campal en suelo británico.

El polvorín de Eilean Donan

    El Keith pequeño se había dado perfecta cuen de que entre los Jacobitas había dos bandos, pero es que, además, el que se suponía que era "su" bando estaba también partido. Los Keith querían darle marcha al asunto y ponerse de inmediato a la tarea, Tullibardine y algunos otros remoloneaban e incluso jugaban con la idea de coger los barcos y marchar de vuelta a Galicia, que se come mucho mejor y también hay gaitas. Y eso incluso antes de enterarse de que la armada principal había sido cancelada vía tormenta. Que vamos, que nos quedamos, que vamos a esperar un poco, que se nos pasa el arroz... entre discusiones y dudas se iban pasando los días y, ante semejante tesitura, el Earl decidió quemar las naves. A ver, no literalmente, que eran prestadas, las mandó de vuelta a España, pero a los efectos era lo mismo. Antes de marcharse, las dos fragatas trasladaron a toda la comitiva a las orillas del Loch Alsh, en concreto a la islita de Eilean Donan, donde se ubica el castillo del mismo nombre que, ya entonces, estaba bastante hecho polvo, sin techumbres y tal. El día 30 de abril zarparon las dos fragatas de vuelta y, ahora sí, ya no quedaba otra que batirse...

    Durante la segunda quincena de abril, varios de los secuaces escoceses del contingente se dedicaron a moverse por las Highlands para recabar el segurísimo apoyo de los indomables clanes escoceses. Yatusabe, por las pinículas y tal, que aquello era una mezcla de Esparta y Vietnam. Los tíos iban en faldita porque no había manera de acomodar sus gónadas y, claro, mejor que aquello fuera al aire. En cuanto los jefes de los clanes supieran que el Earl, por indicación de Ormonde y éste del legítimo Rey James, estaba preparando lo que estaba preparando, una ola de terror se desbordaría por Inglaterra.

    Esto... a ver cómo os lo digo... que no. Que no. Que los líderes de los clanes dijeron que ya si eso, cuando llegara Ormonde, igual se levantaban, pero que, mientras tanto, a ver si el Earl se apañaba con cuatro locos y dos lisiados.

   
                                     Eilean Donan (de la Wiki)                             

Así que nos encontramos a don Nicolás de Castro 
con sus 306 cuates viendo todo este sindiós y asumiendo que eso de que iban a ser la fuerza de élite que diera sentido a una turba de escoceses feroces retomando las Highlands se había transformado en un "a ver cómo cohone salimos de aquí con las menores bajas posibles". De primeras dividió sus fuerzas y dejó una pequeña guarnición en Eilean Donan mientras que el grueso del contingente acampó algo más hacia el interior en la misma orilla del Loch en un sitio llamado Inverinate.

    A todo esto, como es lógico, los ingleses habían enviado una fuerza bastante respetable a la caza de los jacobitas y el día 10 de mayo los navíos HMS Worcester (50 cañones), HMS Enterprise (44) y HMS Flamborough (20) se plantaron frente al castillo, con la HMS Assistance y la HMS Dartmouth rondando por las cercanías. 

    Os ahorro los detalles: el jefe de la guarnición española se negó a rendirse, así que las tres fragatas cañonearon con todo durante dos horas el día 10 y casi toda la tarde del 11. Bolaño intentó echar una mano desde el campamento, pero le resultó imposible por la situación de la marea y los ingleses que no paraban de cañonear. Esa misma tarde los ingleses tomaron el castillo (bueno, al final sí que se rindieron), en el que  encontraron 343 barriles de pólvora y 52 de munición de mosquete. 39 de los 307 fueron hechos prisioneros y trasladados a Edimburgo, donde llegaron a finales de mayo. Como diría Agatha Christie, ya sólo quedaban 268.

    Los ingleses volvieron a meter  23 de los 343 barriles de pólvora confiscados en el castillo, que fue volado en dos espectáculos pirotécnicos distintos los días 12 y 13. Así que ahora ya sabéis quién voló el castillo de Eilean Donan con pólvora española: los de siempre... El castillo, sus restos, mejor dicho, no se volvieron a tocar hasta principios del s. XX. La pinta actual tiene menos de 100 años. El resto de la fuerza jacobita salió por piernas de Inverinate, no sin antes volar todo aquello que no se pudieran llevar. Según los ingleses, la voladura fue tan gorda que dejaron Inverinate reducido a escombros.

El privilegio de poder elegir, al menos, el lugar de tu derrota

    Una vez perdido el castillo, el cuasiser de Tugabardina se decidió por fin a hacer lo que debería haber intentado con todas sus fuerzas un mes antes, que era soliviantar y reclutar clanes locales. Por desgracia para él, las noticias de la cancelación de la expedición de Ormonde ya habían llegado a Escocia y, si antes era difícil convencerlos, ahora ya era directamente imposible. Supongamos que lloraría un rato por la leche derramada, pero ya poco se podía hacer más allá de buscar la mejor posición defensiva posible. 

    El día 23 de mayo los jacobitas, con nuestros ya menos de 300 cuates gallegos, marcharon hacia el interior y comenzaron a tomar posiciones en la zona de GlenShiel, un valle angosto que ofrecía al menos alguna posibilidad de defensa. En total, entre los Mckenzies, los McGregor (Rob Roy in person) y alguna otra familia de por ahí, no llegaron a 1000 los escoceses que se apuntaron y, además, según dejó escrito el Earl: "...incluso esos no parecían demasiado interesados en la campaña". Por cierto, puestos a que el clima esté en contra, esos primeros días de Junio de 1719 fueron excepcionalmente calurosos en Escocia. Tanto que, según una carta posterior de un obispo escocés que mantuvo contacto con Nicolás de Castro, el día 4, en una marcha hacia posiciones elevadas del Glen "Hacía calor incluso comparado con España" y "Uno de sus hombres más fuertes y sanos cayó sofocado y murió". Para no recobrarse, añade. Menuda fe tenía el obispo.

    A primeros de junio ya estaban todos en Glenshiel, casi coincidiendo con la partida de la fuerza terrestre inglesa desde Inverness que, comandada por el general Wightman, incluía unos 850 infantes, 120 dragones, 130 Highlanders y, mucho más importante, contaban con morteros ligeros.

   
                           El paso de los Españoles. (de la Wiki).                      

Toooootal, que el día 10 por la tarde se dio la batalla. Los jacobitas formaron con unos doscientos españoles en el centro y toda la retahíla de bípedos implumes escoceses variados en las alas. Os ahorraré los detalles; a las primeras de cambio y con tres o cuatro morterazos, los aborígenes pensaron que allí había cantidad de montaña para correr. Los ingleses habían concentrado primero la morterada en una de las alas, que cedió isofato. Rob Roy y sus Mcgregors no se sabe muy bien si intentaron echar una valerosa mano a William y sus McKenzies o, sencillamente, decidieron que ese era el mejor camino para salir corriendo, porque pasaron de largo y se perdieron en la montaña. En un par de horas estaba todo solucionado. ¿Todo? No, aún quedaba un pequeño contingente de gallegos resistiendo en el centro del valle, junto a la carretera. A última hora de la tarde y durante la noche, ante la perspectiva de ver huir hasta al apuntador, incluidos los profesionales escoceses comandados (en la huida, ni retirada fue) por Tugabardine, incluso don Nicolás y sus cuates fueron retirándose hacia un alto en el que aguantaron la noche y que hoy es conocido localmente como 
Bealach-na-Spainnteach o Paso de los Españoles. 

    A la vista de toda esta película, sobre todo la escasa predisposición para la lucha de los clanes, esa noche el Earl decidió que ya estaba todo visto para sentencia. Los pocos "clansmen" que quedaban recibieron permiso para largarse, y a los españoles se les pidió que se rindieran, lo que hicieron a primera hora de la mañana. En total hubo unas 100 bajas en la batalla, según el Earl. Los ingleses, sin embargo, afirman que tuvieron 21 muertos y 120 heridos solo ellos.

    Wightman no se cortó un pelo tras la batalla y, según dice en carta a su vuelta a Inverness el 30 de Junio: "He utilizado todos los medios posibles para infundir temor en aquellos que han estado más directamente involucrados en esta reciente rebelión antinatural, y según todas las fuentes fidedignas, estoy seguro de que los rebeldes están totalmente dispersos.". "Todos los medios posibles" incluyó quemar las casas de los relacionados con la revuelta, entre otras cosillas.

    En esa misma carta confirma que los 274 prisioneros españoles habían llegado en marcha escoltada a Inverness y que estaban listos para salir rumbo a Edimburgo el 27 (y de ahí a Plymouth, dice).
 

Cautiverio en Edimburgo

    Don Nicolás y sus cuates se habían rendido formalmente tras luchar y defender sus posiciones de forma más que respetable, así que los ingleses los trataron bien, dentro de lo que cabe. Como nos adelantó Wightman se trasladaron a pie primero a Inverness por la verita del Lago Ness,  y después a Edimburgo, donde se reunieron con los de Eilean Donan.

    Aunque parezca mentira, o no, uno de los principales obstáculos para atender bien a un contingente de prisioneros es el coste. Aquí todo el mundo anda canino y no estamos para malgastar en dar lujos a los prisioneros. La mayoría de los soldados quedan retenidos en el mismísimo castillo de Edimburgo, pero los oficiales tuvieron cierta libertad de movimiento por la ciudad bajo su palabra (por cierto, leyendo estos textos he caído en por qué la libertad condicional en inglés se conoce como "parole"; "palabra" en francés). También recibieron ayudas y préstamos de los aborígenes, que los veían con cierta simpatía por haber ayudado a la causa jacobita y porque , en general, mantuvieron un actitud de lo más digna y su "soberbia española" les impedía quejarse.

   A finales de Octubre finalmente se alcanzó un acuerdo para su repatriación y los prisioneros embarcaron en Leith de vuelta a España. De lo que fue de ellos después de su vuelta y, concretamente de Bolaño, poco se sabe. Más bien nada. 

    Los jacobitas siguieron a lo suyo más o menos hasta la batalla de Culloden en 1746, cerca de Inverness, tras la que la cosa jacobita ya se dio más o menos por muerta. Tugabardine fue hecho preso en Culloden y acabó muriendo en prisión poco después. Los dos hermanos Keith se movieron por Europa como pudieron y ambos llegaron a tener cargos de responsabilidad en la corte de Prusia a las órdenes de Federico el Grande. Ambos murieron allí, el Keith pequeño en la guerra de los siete años. Ormonde siguió viviendo y murió en el exilio, pero se le perdonó una vez muerto y está enterrado en la Abadía de Westminster junto a bípedos implumes de dispar prestigio (recuerden a Vernon)

    Finalmente, a Alberoni lo echaron más o menos a patadas de la corte de Felipe V, tuvo que andar escondiéndose y silbando el puente sobre el río Kwai hasta volver a Italia y vivir una larga y plácida vida allí.

    Y.... poco más o menos eso es todo lo que tengo que decir sobre Glenshiel y sus circunstancias.

Con Dios.

PS: notaréis que todas las fotos son de la Wiki. Espero poder remediarlo en breve.